Capítulo I
La orilla que despierta
El pueblo amanecía siempre dos veces: la primera con el canto de los gallos y la segunda cuando el río decidía cuál de sus orillas iba a despertar.
Nadie recordaba quién había empezado la costumbre de darle nombre a cada recodo del agua, pero todos sabían que los nombres cambiaban con las crecidas, como cambian los apodos de la gente cuando crece o cuando se va.
Estaba el Remanso de las Tías, donde el agua se quedaba quieta a escuchar chismes; estaba la Vuelta del Compadre, que siempre llegaba tarde a todo, y estaba el Ojo Hondo, al que los niños tenían prohibido acercarse aunque nadie supiera explicar por qué.
Los viejos decían que el río había aprendido a hablar escuchando a las lavanderas, y que por eso repetía los nombres con su misma cadencia: despacio al principio, de prisa cuando había algo importante que contar.
Aquella mañana, sin embargo, el río amaneció callado. Las mujeres que bajaban a lavar notaron que los nombres escritos con carbón en las piedras habían desaparecido, como si alguien los hubiera borrado con la palma de la mano.
Doña Remedios fue la primera en decirlo en voz alta, con la cubeta todavía vacía colgando del brazo: el río se está olvidando de nosotros.
Lo dijo sin miedo, como quien anuncia que va a llover, pero esa misma tarde el pueblo entero había bajado a la orilla para comprobarlo con sus propios ojos.
Las piedras estaban limpias. Ni una letra, ni una raya, ni siquiera la mancha gris que deja el carbón cuando se le pasa el dedo encima.
Capítulo II
Palabras que todavía no existen
Fueron los niños quienes encontraron la solución, aunque ninguno de ellos supo nunca que estaba resolviendo algo.
Jugaban a inventar nombres. Escribían en la arena palabras que no existían, palabras con demasiadas erres o con vocales repetidas, y esperaban a que el agua viniera a leerlas.
Algunas se quedaban hasta la noche, intactas, como si el río las estuviera estudiando. Otras se las llevaba la corriente con una prisa que daba miedo, y los niños gritaban de gusto porque eso, decían, significaba que al río le habían gustado mucho.
El maestro del pueblo los observaba desde la sombra de un sabino. Anotaba todo en una libreta de tapas gastadas que había sido de su padre y, antes, del padre de su padre.
Decía que un lugar sin nombres es un lugar que nadie puede encontrar, ni siquiera quienes viven en él. Que los mapas no sirven si las cosas no saben cómo se llaman.
Esa noche, por primera vez en años, nadie cerró la puerta con llave. No por confianza, sino porque nadie estaba seguro de que la puerta siguiera llamándose puerta.
Algunos durmieron en el patio. Otros no durmieron. Doña Remedios encendió una veladora y la puso en la ventana que daba al río, por si acaso el agua necesitaba luz para recordar.
Capítulo III
La voz de piedra mojada
Al tercer día el río volvió a hablar. No dijo los nombres de siempre, sino los que habían escrito los niños, uno por uno, con una voz que sonaba a piedra mojada.
El Remanso de las Tías se llamó desde entonces Tirirí. La Vuelta del Compadre se llamó Olaolá. El Ojo Hondo, por razones que nadie quiso averiguar, se llamó simplemente Mañana.
Al principio a los viejos les costó acostumbrarse. Se equivocaban, decían el nombre antiguo y luego se corregían, avergonzados, como quien llama a un nieto con el nombre de su abuelo.
Pero el pueblo, sin ponerse de acuerdo, aprendió a llamarse de otra manera. Y descubrió que no había perdido nada: los nombres viejos seguían en la libreta del maestro, y los nuevos estaban en la boca de todos.
Desde entonces, cada abril, la gente baja a la orilla con un trozo de carbón y escribe en una piedra una palabra que todavía no existe.
Dicen que así el río nunca se olvida de ellos, y que ellos nunca se olvidan de inventar.
Fin del texto de demostración.